Opinión
Julián Santero abrió la puerta: ahora los pilotos tienen que entrar
Julián Santero dijo que los pilotos deberían tener libertad para correr donde quieran. La frase puede sonar básica, pero llega en medio de una pelea entre ACA y ACTC que va para los tres años.
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Durante el fin de semana del TC en Concepción del Uruguay, Julián Santero dijo algo que debería ser tan básico que hasta da vergüenza tener que discutirlo: que un piloto tendría que poder correr donde quiera. La frase sirvió para que el conflicto entre el Automóvil Club Argentino y la Asociación Corredores Turismo Carretera volviera a quedar en primer plano. Que un piloto de su peso diga públicamente que debería existir libertad para correr donde cada uno quiera no resuelve nada, pero sí rompe una comodidad bastante argentina: la de hablar de estas cosas por lo bajo y hacerse el distraído cuando el perjudicado es otro. Santero, en ese sentido, hizo algo útil. Puso el foco donde correspondía: en una grieta que ya no se puede seguir disfrazando de simple interna dirigencial.
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Ahora bien, que haya abierto el tema no significa que lo haya explicado del todo. Y ahí está el punto fino. El caso de que algunos pilotos licenciados por la ACTC se hayan quedado fuera del Super Challenge Interlagos del TCR South America no parece responder a un “a unos sí y a otros no” antojadizo, sino a una lógica que, por dura que resulte, ya está instalada desde que el conflicto se desmadró en noviembre de 2023.
El ACA no está bloqueando a cualquier piloto que corra en categorías de la ACTC. Si así fuera, Santero no habría sido habilitado para correr con Leonel Pernía en el TCR, ni el propio Tanito estaría corriendo en el TN APAT o Matías Rossi no haría lo mismo en el TC2000.
El tema no es la ACTC en general: el tema son las categorías que el ACA no reconoce. Ahí está la clave que vuelve todo más fácil de entender y bastante más difícil de aceptar. El criterio que viene aplicando la CDA del ACA no parece estar dirigido contra cualquier piloto con licencia ACTC, sino contra quienes corren en las nuevas categorías creadas por la ACTC después de la ruptura, categorías que el ACA no reconoce. En ese casillero entra el Turismo Carretera 2000. Y justamente por eso quedaron afuera de Interlagos Facundo Ardusso y Bernardo Llaver, dos pilotos invitados para la carrera especial del TCR South America a quienes se les negó la licencia internacional.
Por eso el problema, en rigor, no es confuso. El problema es brutalmente claro. Lo que genera ruido no es la falta de criterio, sino el criterio mismo. Y eso cambia bastante la discusión. Porque una cosa sería denunciar arbitrariedad pura. Otra, muy distinta, es discutir una regla que se viene aplicando con una lógica política e institucional precisa, aunque a muchos les resulte antipática o directamente insoportable. En otras palabras: el conflicto ya no se mueve en la zona gris de la improvisación. Se mueve en la zona bastante más áspera de las consecuencias.
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Acá también conviene dejar de actuar sorprendidos. Esta guerra no empezó con Interlagos ni con la licencia de Ardusso. Viene de arrastre. A fines de 2023, el ACA ratificó su poder deportivo y objetó el corrimiento de categorías hacia la ACTC; en marzo de 2024 la CDA le revocó a la ACTC el poder deportivo delegado; y en mayo de 2025 el Estado nacional reconoció formalmente al ACA como único poder deportivo competente para aplicar el Código Deportivo Internacional de la FIA en la Argentina. O sea: esto ya lleva casi tres años de escalada, resoluciones, contragolpes y desgaste. No es una chispa. Es una estructura de conflicto.
Del otro lado tampoco hubo una vocación visible por bajar la espuma. La pelea incluyó denuncias públicas sobre presiones a autódromos para no recibir categorías fiscalizadas por el ACA. Sin olvidar el berrinche de Hugo Mazzacane, presidente de la ACTC, cuando a fines del año pasado afirmó que en 2026 ninguna categoría fiscalizada por la ACTC iba a correr en el autódromo de Buenos Aires porque la entidad no había sido consultada por las obras de refacción al Gálvez. Esto no suena a búsqueda de acuerdo. Suena, más bien, a una guerra de territorio donde cada uno se siente dueño de una parte del mapa y decide quién entra y quién no.
Y en el medio de esa pelea, los pilotos siguen llegando tarde. Ahí es donde la frase de Santero se vuelve importante de verdad. No porque haya explicado todo, sino porque dejó expuesto que los pilotos siguen reaccionando cuando el problema ya les explotó encima. Durante demasiado tiempo aceptaron esta grieta como si fuera un paisaje fijo, algo ajeno, una tormenta de oficina. Pero ya no es así. Hoy la disputa condiciona licencias, carreras internacionales, calendarios, autódromos y posibilidades laborales. O sea: ya no es solo una discusión institucional. Es una discusión profesional.
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Y, para colmo, cuando alguna vez intentaron intervenir, muchas veces lo hicieron mal. No como un colectivo con voz propia, sino como eco de uno de los bandos. Videos prolijos, frases parecidas, mismo libreto. Eso no fue una rebelión del gremio. Fue otra cosa: pilotos prestando la cara para una batalla que no estaban comandando ellos. Por eso ahora el desafío es otro. No se trata de salir a hacer campaña por el ACA ni de blindar a la ACTC. Se trata de defender su trabajo. Y eso exige una madurez que hasta acá no apareció con la fuerza necesaria.
La pregunta de fondo, entonces, ya no es si Santero tuvo razón o si simplificó demasiado. La pregunta es si no llegó la hora de que los pilotos se metan de una vez en esta grieta para intentar cerrarla. No para tomar partido por un fiscalizador u otro. No para convertirse en voceros de nadie. Sino para exigir algo bastante más básico y más urgente: un acuerdo. Un marco de convivencia. Un criterio claro. El fin de una disputa que lleva demasiado tiempo devorando energías en una actividad que ya tiene suficientes problemas propios como para encima fabricarse otros por mezquindad dirigencial.
Porque eso también hay que decirlo sin vueltas: esta pelea de poder no está llevando a nada bueno. No fortalece al automovilismo. No ordena el sistema. No protege a los pilotos. No jerarquiza a los dirigentes. Más bien hace lo contrario: deja la sensación de que algunos siguen midiendo el deporte en función de su parcela de influencia y no del interés general. Y cuando eso pasa durante casi tres años, ya no es una diferencia de criterio. Es una incapacidad seria para separar lo propio de lo colectivo.
Santero, con una frase simple, dejó la puerta entreabierta. Ahora falta ver si los demás pilotos siguen pasando de largo o si se animan, por fin, a entrar. Porque si no son ellos los que empujan a ACA y ACTC a sentarse y encontrar una salida, nadie lo va a hacer por ellos. Y entonces sí, dentro de unos meses, cuando vuelva a quedarse un piloto sin correr en alguna categoría o un autódromo decida “misteriosamente” no cumplir con un compromiso asumido con anterioridad, ya no va a alcanzar con decir que el problema estaba sobre la mesa. Va a quedar claro, otra vez, que estuvo sobre la mesa y casi todos eligieron mirar para otro lado.