Opinión
TC: Jonatan Castellano, el piloto que se anima a romper el silencio
En un automovilismo donde casi todos prefieren el “off”, el Pinchito elige hablar en “on” pese al precio que puede tener cuestionar al poder dentro de la ACTC.
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En el Turismo Carretera hay una postal que se repite demasiado. Los fallos se comentan por lo bajo, los castigos se analizan en voz media y las decisiones más sensibles se discuten más en los boxes que frente a un micrófono. El deporte que vive de la épica, del riesgo y de la exposición pública, muchas veces se vuelve extraordinariamente tímido cuando llega la hora de opinar sobre su propio poder. No es casualidad. Durante años se fue consolidando una cultura donde la crítica abierta a la autoridad deportiva no suele tener premio, y donde el costo de hablar en público puede ser bastante más alto que el de mascullar bronca en privado.
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Hay, en ese esquema, una lógica de supervivencia que todos entienden. Se puede disentir, pero mejor por adentro. Se puede cuestionar, pero mejor en el tono exacto, en el ámbito correcto y sin dejar huellas. Se puede protestar, claro, pero sin que parezca protesta. Esa gimnasia del autocontrol, que algunos llaman prudencia y otros directamente miedo, ayuda a explicar por qué en el TC sobran comentarios en off y faltan voces en on. Y ahí aparece Jonatan Castellano.
El Pinchito entendió algo que muchos de sus colegas prefieren no poner en juego: en ciertos ambientes, callarse también es una forma de participar. Por eso su decisión de hablar, de decir en público lo que en privado repiten tantos, tiene un peso que excede la bronca por un fallo, una multa o un criterio disciplinario.
Quedó en el centro de la escena en noviembre de 2025, cuando cuestionó la decisión de la CAF de la ACTC de revertir lo que habían determinado los comisarios deportivos tras un incidente con Jorge Barrio en el Turismo Nacional. Dijo que esa resolución, “como otras tomadas”, le parecía “nefasta”. La respuesta fue quirúrgica: la CAF lo sancionó con una multa de tres millones de pesos. No hubo zona gris, ni pedagogía, ni espacio para el matiz. Habló y pagó.
Lo más interesante no fue la sanción, sino lo que vino después. Porque cualquiera puede lanzar una frase en caliente un domingo a la tarde y recular el martes después de un llamado. Castellano no. Este fin de semana, con el antecedente de la multa aún fresco y con el mensaje disciplinador flotando sobre el ambiente, volvió a criticar a la CAF –y por ende a la ACTC- por el endurecimiento del régimen sancionatorio tras los episodios de ruedas desprendidas. Su frase en Carburando fue otra vez directa: “No me parecen bien las sanciones. Creo que es algo para hablar puertas adentro porque para mí se ha tomado una muy mala decisión”. El dato central no es la frase en sí. El dato central es que insistió.
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Ahí es donde Castellano deja de ser apenas un piloto enojado y empieza a convertirse en otra cosa: en un símbolo incómodo. Porque hoy, en el automovilismo argentino, casi nadie se planta así frente al sistema con nombre, apellido y micrófono abierto. Se protesta, sí. Se rezonga, claro. Se discuten fallos, interpretaciones y criterios en off, en el trailer, en la sobremesa, en el teléfono, en alguna charla con conocidos donde siempre sobra valentía porque no hay grabador. Pero cuando llega la hora del “on”, de ponerle la cara a la crítica, la mayoría elige la prudencia. O, dicho sin vueltas, el miedo. Y no es difícil entender por qué...
El Reglamento Deportivo Automovilístico (RDA) de la ACTC lo dice de manera bastante explícita. En el artículo 01-005, inciso b, establece la obligación de “no efectuar reclamaciones en público, ni declaraciones periodísticas que afecten la imagen de la ACTC o del certamen, debiendo seguir la vía reglamentaria”. Más adelante, entre las infracciones muy graves, vuelve a incluir “realizar reclamaciones o declaraciones en público o periodísticas”. Es decir: no sólo existe un camino formal para cuestionar decisiones, sino también una advertencia muy clara contra la crítica pública. El sistema no sólo ordena cómo se protesta; también define con precisión dónde no conviene hacerlo.
Desde luego, la normativa está para cumplirse. No tiene sentido pedir una categoría sin reglas, sin autoridad y sin límites. Sería absurdo. Pero el problema no es que exista un reglamento. El problema es cuando ese reglamento puede funcionar, además, como un dispositivo de silenciamiento. Porque si cualquier declaración pública crítica puede interpretarse como una lesión a la imagen institucional, entonces la frontera entre preservar el orden y domesticar el disenso se vuelve demasiado fina. Y cuando esa frontera se afina tanto, la sospecha empieza a crecer sola.
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Eso es lo que hace valioso el gesto de Castellano. No que tenga razón siempre. No que deba convertirse en héroe de bronce ni en mártir del antiflama. No que toda resolución de la CAF sea arbitraria por definición. Lo que importa es otra cosa: que se animó a señalar, en voz alta, que detrás de la fachada reglamentaria hay un problema más profundo, que es el de la confianza. Y el Turismo Carretera, precisamente por ser la categoría más popular de la Argentina, debería estar obsesionado con la confianza. No con el blindaje.
Porque a la ACTC le puede convenir apagar una crítica puntual con una multa. Lo que no puede apagar tan fácilmente es la sensación ambiente que deja ese mecanismo. Cuando un piloto habla y la respuesta es sanción, el resto toma nota. Cuando además el propio reglamento ya establece que las declaraciones públicas contra la imagen de la entidad son pasibles de castigo, el mensaje se entiende sin necesidad de subtítulos. Después nadie debería sorprenderse si los boxes se llenan de discursos en off y se vacía de voces en on.
La propia historia del TC, además, ya mostró que a veces el que incomodaba no estaba loco: estaba anticipando algo. El antecedente de Walter Hernández es demasiado potente como para ignorarlo. En 1994, después de cuestionar la seguridad de las carreras en ruta y de negarse a seguir participando en ese tipo de escenarios tras la muerte de Osvaldo Morresi, la ACTC lo suspendió por una fecha. Esa sanción afectó sus aspiraciones de retener el título. El tiempo terminó poniendo todo en perspectiva: años después, el Turismo Carretera abandonó definitivamente la ruta en 1997. Traducido: primero se castigó la voz disonante; después la realidad confirmó que no estaba desvariando.
Ahí está el nudo de este asunto. No se trata sólo de Jonatan Castellano. Se trata de qué hace una institución cuando alguien, desde adentro, marca una incomodidad. Puede escucharla, discutirla, refutarla, incluso sancionarla si cree que corresponde. Pero si cada gesto crítico es tratado casi como una afrenta al sistema, entonces el sistema termina diciéndole al mundo algo que quizá no quería decir: tolera mal la mirada crítica.
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Y Castellano, con todas sus formas, con sus modos ásperos y su estilo poco diplomático, puso luz. No ordenó el debate. No lo embelleció. No lo hizo simpático. Lo hizo visible. Y a veces eso vale más.
Hoy, en la lógica interna del automovilismo argentino, Castellano parece el único -o al menos el único de forma sostenida, frontal y documentada- que decidió asumir el costo de hablar públicamente contra una manera de ejercer el poder dentro de la ACTC. No es poca cosa. Porque en ambientes donde todos saben más de lo que dicen, el que dice lo que sabe queda inmediatamente marcado. Y sin embargo lo hizo igual sabiendo que el reglamento y la historia no juegan precisamente a favor de los desobedientes.
La gran paradoja es que un sistema así, diseñado para preservar autoridad, puede terminar debilitando legitimidad. El silencio disciplinado evita escándalos, sí. Pero no genera confianza. Genera obediencia. Y la obediencia no alcanza para limpiar la sospecha que tantas veces flota sobre las decisiones de la categoría más popular del país.
Por eso la figura de Castellano crece incluso para quien no coincida del todo con sus dichos. Crece porque recordó algo elemental: que una categoría fuerte no es la que impide hablar, sino la que puede soportar que alguien hable sin que todo tiemble. Crece porque mostró que todavía existe, aunque sea de manera excepcional, el piloto que no confunde pertenencia con sumisión. Y crece porque, en un deporte lleno de valentías a 250 km/h, se necesitan también algunas valentías a micrófono abierto.
A veces una declaración no cambia un fallo. Pero cambia el clima. Cambia el relato. Cambia la forma de mirar lo que antes parecía natural. Eso hizo Castellano. Y por eso -tal vez- molesta.