Opinión
TC: la suerte es amiga de la acción y hay que saber manejarla
El triunfo de Agustín Canapino en el autódromo de Neuquén, por la tercera fecha de la temporada de TC tuvo su cuota de suerte, pero esa fortuna fue acompañada por la acción de un piloto que supo administrar los momentos y aprovecharlos a la perfección, en un fin de semana que no era candidato.
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Si uno busca el significado de la palabra “suerte” en el diccionario, encontrará una definición bastante precisa: un encadenamiento de sucesos fortuitos o casuales, muchas veces entendido como una fuerza que determina acontecimientos favorables o adversos fuera del control personal. Sin embargo, hay otra mirada, más interesante, que incluso aparece en la cultura popular. En “Casi que me pierdo”, de Los Cafres, se afirma que “la suerte es amiga de la acción”. Y ahí es donde empieza a tomar forma esta historia.
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Porque sí, la suerte existe. Pero no actúa sola, a veces hay que saberla “manejar”. Necesita de alguien que esté preparado para aprovecharla, de alguien que aparezca en el momento justo y haga lo necesario para transformar un hecho fortuito en una oportunidad concreta. Lo que ocurrió en la tercera fecha del Turismo Carretera en Neuquén es un ejemplo casi perfecto de esa idea.
En la previa, el gran candidato era Matías Rossi. Con el Toyota Camry del Pradecon Racing junto a TGR, dominó la clasificación con un tiempo de 1:27.035 y se quedó con la serie más rápida. Tenía ritmo, auto y todo bajo control. Y no es un detalle menor: en el TC, la clasificación es clave, porque adelantar en series y finales es cada vez más difícil. Del otro lado estaba Agustín Canapino. Competitivo, sí. Con potencial para meterse en el top 10, también. Pero en los papeles, lejos de ser el principal candidato a la victoria. Su 11° puesto, a 0.725 del poleman, lo condicionaba desde el arranque.
Ahí empezó a jugar la suerte. En la serie, Canapino avanzó favorecido por el roce entre Juan Bautista De Benedictis y Otto Fritzler. El resultado final se reconfiguró: el ganador en pista fue recargado y la victoria quedó en manos de Juan Tomás Catalán Magni, con Canapino segundo. Largando quinto en la final, se encontró con una carrera marcada por autos de seguridad, relanzamientos y maniobras al límite. La fortuna volvió a aparecer: primero, el abandono de Catalán Magni por rotura de motor; luego, el roce con Christian Ledesma y Marcos Landa, que terminó acomodando su auto; y finalmente, el último relanzamiento, cuando Matías Rossi se fue de pista por la rotura del neumático delantero derecho. El gran candidato quedó fuera, dejando a Ignacio Faín como líder, aunque rápidamente perdió rendimiento por un problema de neumático y sin posibilidades de defender la punta (finalizó tercero).
Ahí apareció Canapino. No por casualidad, sino por insistencia. Porque estaba ahí. Porque no se equivocó. Porque hizo todo lo necesario para capitalizar cada situación. Las últimas vueltas fueron otra prueba: sostener la posición ante la presión de Ledesma, un rival con un auto competitivo durante todo el fin de semana. Aguantar también es acción. La carrera terminó con Canapino en lo más alto del podio, en una final desordenada y atravesada por factores imprevisibles.
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Sí, la suerte estuvo de su lado. Pero sería injusto reducirlo solo a eso. La suerte, en este caso, no fue más que una serie de puertas abiertas; Canapino hizo lo que hacen los campeones: atravesarlas todas. Ganó en Neuquén y se convirtió en el primer piloto en repetir victoria allí (ya había ganado el 2016), llevándose un triunfo que pesa más de lo que parece. La “suerte del campeón” no es magia: es estar listo cuando el caos aparece. En el automovilismo —como en la vida—, la diferencia no la hace solo lo que pasa, sino lo que uno hace con eso.