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¿Son para todos o solo para ciudades verdes? Desigualdad territorial en la transición eléctrica
La movilidad eléctrica avanza con fuerza en los grandes centros urbanos, pero deja zonas rurales y ciudades intermedias en un segundo plano. Infraestructura, ingresos y planificación explican por qué la transición no ocurre al mismo ritmo en todos los territorios.
La electrificación del transporte se presenta como una solución clave para reducir emisiones y dependencia de los combustibles fósiles. Sin embargo, su despliegue no es homogéneo. Mientras algunas ciudades concentran cargadores, incentivos y flotas eléctricas, vastas regiones del interior siguen atadas al motor a combustión. La transición eléctrica, lejos de ser neutral, también reproduce desigualdades territoriales.
Ciudades verdes: donde la transición avanza primero
Las grandes áreas metropolitanas lideran la adopción de vehículos eléctricos. Allí se combinan mayores ingresos, políticas locales activas y redes eléctricas más robustas. Según la Agencia Internacional de la Energía, más del 70 % de los puntos de carga públicos del mundo se concentran en áreas urbanas densamente pobladas. Capitales como Oslo, Ámsterdam o Shenzhen muestran tasas de electrificación superiores al 30 % en ventas de autos nuevos.
En estas ciudades, los autos eléctricos se integran a un ecosistema favorable: beneficios fiscales, estacionamiento preferencial, carriles exclusivos y acceso a zonas de bajas emisiones. El resultado es una adopción acelerada, especialmente en flotas corporativas, transporte público y servicios de última milla.
El interior rezagado
Fuera de los grandes centros urbanos, el panorama es distinto. En zonas rurales o ciudades intermedias, la infraestructura de carga es escasa o inexistente. La mayor distancia entre localidades, la dependencia del vehículo para largas distancias y redes eléctricas menos preparadas limitan el atractivo del auto eléctrico.
Además, el costo inicial sigue siendo una barrera. Aunque el costo total de uso puede ser más bajo a largo plazo, el precio de compra supera ampliamente el de un vehículo convencional. En regiones con menores ingresos promedio, esta diferencia resulta decisiva. En América Latina, por ejemplo, la penetración del auto eléctrico fuera de capitales nacionales es todavía marginal.
Infraestructura desigual, acceso desigual
La localización de cargadores no es aleatoria. Empresas y gobiernos priorizan zonas con mayor retorno económico y visibilidad política. Esto genera un círculo vicioso: donde hay cargadores, hay más eléctricos; donde no los hay, la adopción se estanca. Estudios del Banco Mundial advierten que, sin intervención pública, la infraestructura tenderá a concentrarse en corredores rentables y barrios de alto poder adquisitivo.
La carga domiciliaria, presentada muchas veces como solución, tampoco es universal. En edificios antiguos, barrios informales o viviendas sin garaje propio, enchufar un vehículo no es una opción sencilla.
El riesgo de una transición fragmentada
Si la electrificación se limita a “ciudades verdes”, el impacto ambiental global será menor y las brechas territoriales se ampliarán. La transición energética necesita políticas que contemplen al conjunto del territorio: incentivos diferenciados, inversión pública en infraestructura y soluciones adaptadas a contextos rurales, como híbridos enchufables o redes de carga rápida en rutas.
La movilidad eléctrica puede ser una herramienta de inclusión o un nuevo factor de desigualdad. La diferencia no la marca la tecnología, sino la forma en que se planifica su despliegue.
