Límite de Pista
Biocombustibles 2.0: del biodiésel al SAF
Los biocombustibles atraviesan una segunda etapa. Tras años de cuestionamientos al biodiésel y al etanol de primera generación, una nueva ola tecnológica promete combustibles más eficientes y con menor impacto climático, con el SAF como protagonista. Sin embargo, la física y la disponibilidad de biomasa imponen límites claros a lo que esta solución puede ofrecer en la transición energética.
Del biocombustible clásico al “2.0”
Durante las últimas dos décadas, el biodiésel y el etanol fueron la puerta de entrada de los biocombustibles al sistema energético. Su aporte permitió reducir parcialmente emisiones y dependencia del petróleo, pero también expuso problemas estructurales: competencia con alimentos, uso intensivo de tierras y beneficios climáticos discutidos cuando se analiza el ciclo completo.
La nueva generación, conocida como biocombustibles avanzados o 2.0, busca corregir esos desvíos. La clave está en las materias primas: residuos agrícolas, aceites usados, grasas animales, residuos forestales o cultivos no alimentarios. El objetivo es claro: descarbonizar sin presionar sobre el sistema agroalimentario.
SAF: el biocombustible estrella
En este nuevo escenario, el SAF (Sustainable Aviation Fuel) se convirtió en el producto más estratégico. La aviación no puede electrificarse a gran escala en el corto plazo, y los combustibles sostenibles aparecen como la única alternativa viable para reducir emisiones sin rediseñar flotas ni aeropuertos.
Las rutas tecnológicas más maduras, como HEFA (a partir de aceites y grasas), permiten reducir las emisiones de ciclo de vida entre 60 % y 80 % respecto al queroseno fósil. Otras vías, como Alcohol-to-Jet o procesos termoquímicos, avanzan más lento pero amplían el abanico de insumos posibles.
Avances reales, escala limitada
El salto tecnológico es innegable, pero el problema ya no es la química, sino la escala industrial. En 2024, el SAF representó menos del 0,2 % del consumo global de combustible de aviación. Incluso con todos los proyectos anunciados, cubrir una porción significativa de la demanda aérea hacia 2030 sigue siendo un desafío mayúsculo.
La razón es estructural: la biomasa sostenible es un recurso finito. Los aceites usados, residuos y subproductos no alcanzan para abastecer simultáneamente al transporte terrestre, aéreo, marítimo y a la industria química sin generar nuevas tensiones.
Los límites físicos del modelo
A diferencia de la electricidad renovable, la biomasa no puede expandirse indefinidamente sin impactos ambientales. Cada tonelada de residuo tiene múltiples usos potenciales y una disponibilidad geográfica limitada. Además, la logística —recolección, transporte y procesamiento— encarece los costos y reduce la eficiencia global.
Esto explica por qué los biocombustibles 2.0 funcionan mejor como solución de nicho, focalizada en sectores difíciles de electrificar, y no como reemplazo masivo de los combustibles fósiles.
Costos y competencia entre sectores
Hoy, producir SAF cuesta entre dos y cuatro veces más que el combustible convencional. A medida que crece la demanda, también crece la competencia con otros usos de la biomasa, como el diésel renovable o la generación de calor industrial. Sin políticas claras, el riesgo es trasladar el problema de un sector a otro.
Conclusión: una herramienta clave, pero no infinita
Los biocombustibles 2.0 representan un avance significativo respecto a sus predecesores y cumplen un rol estratégico en la transición energética, especialmente en la aviación. Pero no son una bala de plata. La física de la biomasa impone límites que obligan a priorizar usos, combinar soluciones y evitar promesas desmedidas. En el futuro energético, los biocombustibles serán esenciales, pero solo si se los usa donde realmente hacen la diferencia.
