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Colapinto abrió una oportunidad que el automovilismo argentino no puede desperdiciar

La multitud que lo acompañó en Buenos Aires confirmó su magnetismo popular y expuso, con una claridad incómoda, todo lo que la actividad todavía puede movilizar.

Colapinto abrió una oportunidad que el automovilismo argentino no puede desperdiciar
Colapinto abrió una oportunidad que el automovilismo argentino no puede desperdiciar

El road show de Franco Colapinto en Palermo dejó una imagen imponente, pero también algo bastante más importante que una gran foto de domingo. Dejó una pregunta incómoda para todo el automovilismo argentino: si una sola figura pudo movilizar a más de 600.000 personas en la calle, ¿cómo se explica que una actividad con semejante tradición, semejante potencia cultural y semejante arraigo popular siga atrapada en un estado de fragmentación y desgaste? La exhibición del piloto de Alpine no resolvió nada por sí sola, claro. Pero sí dejó a la vista una verdad que ya no se puede esconder: cuando el automovilismo conecta con la gente, la respuesta sigue siendo gigantesca.

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Conviene poner lo de Palermo en perspectiva. Buenos Aires ya vivió otras demostraciones multitudinarias ligadas al deporte motor. En 2012, el callejero del TC2000 frente al Obelisco reunió unas 700.000 personas. Y tres años antes, más de un millón se acercó al centro porteño para la largada del primer Dakar en Sudamérica. Más allá de las cifras exactas, la conclusión es la misma: el automovilismo, cuando logra salir de su nicho y convertirse en acontecimiento, arrastra multitudes como pocas disciplinas en la Argentina.

Pero lo de Palermo tuvo un rasgo diferencial, y ahí aparece Colapinto. El road show no fue sólo una postal multitudinaria ni una repetición mecánica de otras experiencias masivas. Fue, antes que nada, la confirmación del magnetismo extraordinario que hoy tiene Franco con la gente. Hay en él una conexión emocional que empuja el fenómeno mucho más allá de lo deportivo y que explica por qué el evento explotó como explotó. Sin ese carisma, sin esa cercanía y sin esa identificación popular, Palermo no habría tenido esa temperatura. Lo que Colapinto hizo fue reactivar una fibra que estaba ahí, pero que necesitaba una chispa concreta para volver a encenderse.

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Y ahí aparece el problema de fondo. Mientras Colapinto demuestra que el interés existe y que la pasión puede volver a desbordar la calle, la actividad institucional lleva demasiado tiempo consumida por sus propias fracturas. El conflicto entre el ACA y la ACTC, con discusiones sobre fiscalización y poder deportivo, viene desgastando el ecosistema en lugar de fortalecerlo. Y lo más grave es que esa pelea ocurre mientras el público, en realidad, está pidiendo algo bastante más simple: automovilismo.

Ése es, quizás, el principal legado político del road show de Colapinto. No la ilusión inmediata de que la Fórmula 1 volverá mañana, ni la tentación de colgarse todos de un fenómeno individual, sino la evidencia de que hay una base social, cultural y comercial lo suficientemente fuerte como para exigir otro comportamiento de quienes conducen la actividad. Palermo dejó una señal que debería ser leída con menos ansiedad y más inteligencia: el problema del automovilismo argentino no es la falta de interés, sino la incapacidad de sus estructuras para organizar ese interés y convertirlo en una plataforma sostenida.

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También hay una dimensión histórica que no conviene subestimar. El automovilismo fue, durante décadas, una de las grandes liturgias populares argentinas. Lo fue en los autódromos, en las rutas, con el TC, el rally, el TC2000 y el Dakar. No es casual que algunos de sus eventos más recordados hayan sacado a la gente del living y la hayan empujado a la calle. Ahí está una de las claves de lo que ocurrió en Palermo: el road show no inventó una pasión nueva, sino que reactivó una memoria colectiva que seguía ahí. Colapinto puso la chispa, sí, pero sería un error creer que todo empieza y termina en él. Lo que hizo fue demostrar que el terreno todavía está fértil.

Ahí es donde esta historia debería interpelar especialmente al ACA y a la ACTC. El road show de Colapinto dejó un mensaje imposible de ignorar: el automovilismo todavía tiene con qué plantarse como espectáculo masivo en la Argentina. Lo que no tiene hoy, al menos no de manera consistente, es un marco de normalidad institucional a la altura de ese potencial. Mientras la gente sale a celebrar la velocidad, las estructuras siguen demasiado ocupadas en defender parcelas. Y esa contradicción ya se volvió insostenible.

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Por eso lo de Palermo debería leerse menos como una fiesta aislada y más como un llamado de atención. El automovilismo argentino no está muerto. No está vacío. No está condenado a hablarle sólo a los convencidos. Lo que está es mal administrado en su potencia, mal ordenado en su política y demasiado acostumbrado a desperdiciar oportunidades. Colapinto no vino a resolver ese problema, pero sí a dejarlo expuesto desde un lugar incómodo: mostró, de manera brutal, todo lo que la actividad todavía puede generar cuando logra tocar la fibra correcta.

La gran pregunta, entonces, no es qué hará ahora Colapinto. La gran pregunta es qué hará el automovilismo argentino con lo que Colapinto dejó arriba de la mesa. Porque si después de ver Palermo lleno, después de recordar el Obelisco del TC2000 y después de revisar lo que significó el Dakar en el centro porteño, las instituciones siguen sin entender que hace falta bajar la temperatura de la guerra interna y reconstruir una lógica común, entonces el problema ya no será de diagnóstico. Será de voluntad. Y ahí sí no habrá fenómeno popular que alcance para taparlo

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