Límite de Pista
Salud y bienestar: cómo sobrevivir al "otoño traicionero" sin enfermarse en el intento
El cambio de estación trae mañanas gélidas y tardes de sol radiante. Los especialistas advierten que la clave no es abrigarse de más, sino saber cómo gestionar el choque térmico y reforzar las defensas antes de que llegue el invierno.
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El verano se despide lentamente, pero su salida no es silenciosa. Estamos entrando en esa etapa del año conocida por los meteorólogos y médicos como el "otoño de transición", un período donde el termómetro juega a la montaña rusa. Salir de casa con una campera pesada a las siete de la mañana para terminar cargándola bajo el brazo a las dos de la tarde es el deporte nacional de estas semanas. Sin embargo, más allá de la incomodidad logística, este desbalance térmico es el escenario ideal para los virus respiratorios.
El arte de vestirse como una "cebolla"
La primera regla de oro para este cambio de estación es la estratificación. No se trata de usar la prenda más gruesa del placard, sino de superponer capas livianas. Este método permite regular la temperatura corporal a medida que el día avanza.
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Primera capa: Debe ser de fibras naturales (como el algodón) que permitan que la piel respire.
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Capa intermedia: Un abrigo ligero, como un cárdigan o un "hoodie", que conserve el calor.
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Capa exterior: Un cortavientos o chaleco es ideal para las primeras horas del día.
El error más común es desabrigarse bruscamente al sentir el primer rayo de sol. El cuerpo necesita transiciones suaves; de lo contrario, el enfriamiento repentino debilita las mucosas de la nariz y la garganta, dejándoles el camino libre a los patógenos.
La alimentación: El escudo interno
Cuidarse del frío no es solo una cuestión de lana y polar; empieza en el plato. Durante el otoño, el metabolismo comienza a exigir alimentos que generen mayor termogénesis. Es el momento de migrar de las ensaladas crudas a los vegetales cocidos, legumbres y sopas caseras.
Los nutricionistas hacen hincapié en la Vitamina C (cítricos, kiwi, pimientos) para fortalecer el sistema inmunológico, pero también en la Vitamina D, cuya síntesis disminuye al haber menos horas de luz solar. Además, la hidratación es la gran olvidada: con el frío se siente menos sed, pero el aire seco del otoño deshidrata las vías respiratorias. Beber infusiones calientes no solo reconforta, sino que mantiene las barreras naturales del organismo activas.
Ventilación y entorno: El peligro de los ambientes cerrados
Con los primeros frescos, tendemos a cerrar herméticamente ventanas y puertas. Es un error crítico. La ventilación cruzada sigue siendo fundamental. Los ambientes cerrados y calefaccionados acumulan dióxido de carbono y facilitan la circulación de virus. Basta con abrir las ventanas 10 minutos al día para renovar el aire sin perder el calor del hogar.
Asimismo, es vital prestar atención a la humedad. El uso de estufas reseca el ambiente, lo que puede provocar picazón de garganta y sequedad nasal. Colocar un pequeño recipiente con agua cerca de la fuente de calor puede ayudar a mantener un nivel de humedad saludable.
El factor sueño y el ritmo circadiano
Finalmente, el cambio de luz afecta nuestro reloj biológico. Los días más cortos invitan al cuerpo a producir melatonina más temprano. Respetar este ritmo y asegurar al menos 7 u 8 horas de sueño es esencial para que el sistema inmune esté "alerta". Un cuerpo cansado es un cuerpo vulnerable.
En conclusión, el otoño no tiene por qué ser sinónimo de gripe. Con una estrategia de vestimenta inteligente, una dieta reforzada y la precaución de no encerrarnos en ambientes viciados, podemos disfrutar de la estación más estética del año sin recurrir al botiquín.