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Autos conectados: la nueva capa de vigilancia urbana que crece sin control

Los vehículos modernos dejaron de ser meros medios de transporte: se transformaron en dispositivos móviles capaces de registrar ubicación, voz, hábitos de conducción y hasta estados físicos del conductor. Fabricantes, aseguradoras y gobiernos acceden a esa información con distintos fines, mientras expertos alertan sobre una infraestructura de vigilancia que avanza sin debate público.

Autos conectados: la nueva capa de vigilancia urbana que crece sin control
Autos conectados: la nueva capa de vigilancia urbana que crece sin control

Del volante al servidor: qué datos recolecta un auto conectado

Los autos actuales, incluso los de gama media, vienen equipados con sensores, cámaras, micrófonos y módulos telemáticos que generan miles de datos por minuto. Cada interacción deja huellas digitales:

  • Ubicación en tiempo real, rutas recorridas y tiempos de detención.

  • Velocidad, aceleraciones, frenadas y maniobras bruscas, útiles para análisis de conducción.

  • Comandos de voz, que se envían a la nube para su procesamiento.

  • Información biométrica, como nivel de fatiga o atención, a partir de cámaras internas.

  • Conductas de uso, desde preferencias musicales hasta frecuencia de activación de asistentes.

Según especialistas en ciberseguridad, gran parte de estos datos viaja automáticamente a los servidores del fabricante o de terceros proveedores. En muchos casos, el usuario ni siquiera sabe que su auto está reportando constantemente.


Fabricantes: del servicio al nuevo negocio de los datos

Las terminales automotrices argumentan que este flujo de información permite mejorar la experiencia: diagnósticos predictivos, actualizaciones remotas, alertas de mantenimiento y funciones de seguridad.
Pero la industria también encontró en los datos un activo rentable. Algunos fabricantes venden paquetes de información agregada a empresas de movilidad, GPS y consultoras de tráfico urbano. Otros desarrollan modelos para perfilar conductores, prever fallas o evaluar comportamientos de riesgo.

El auto, en este esquema, deja de ser un producto para convertirse en un sensor conectado que alimenta algoritmos. Y ese ecosistema no siempre es transparente: pocas marcas explican qué datos se recopilan, durante cuánto tiempo se almacenan y con quién se comparten.


Dos de cada tres españoles se plantean comprar un coche conectado

Aseguradoras: cuando conducir bien se convierte en un puntaje

Las compañías de seguros fueron rápidas en adoptar esta tendencia. Mediante dispositivos OBD, apps o directamente integrándose al software del vehículo, analizan patrones de manejo para ofrecer políticas basadas en comportamiento: mejor conducción, menor precio.

El problema es la frontera difusa entre incentivo y penalización. Un frenazo brusco puede interpretarse como comportamiento riesgoso, incluso si se trata de una maniobra para evitar un accidente. Además, el uso de datos tan sensibles abre interrogantes sobre discriminación algorítmica y acceso desigual a coberturas.


Estados y ciudades: gestión inteligente o rastreo masivo

Gobiernos locales utilizan información de autos conectados para monitorear tránsito, planificar obras y detectar congestiones. También se combinan datos de peajes, estacionamiento y cámaras urbanas para reconstruir trayectorias completas de vehículos.

Aunque estas herramientas permiten gestión inteligente de movilidad, organizaciones de derechos digitales advierten que, sin límites claros, podrían escalar hacia un sistema de vigilancia permanente. La identificación constante de matrículas, sumada al registro de movimientos, habilita escenarios de control social difíciles de revertir.


Un debate pendiente: quién controla el volante de nuestros datos

La conectividad llegó para quedarse y promete autos más seguros, eficientes y personalizados. Pero también plantea una pregunta urgente: ¿a quién pertenecen los datos del vehículo?

Mientras las leyes de protección de datos avanzan lentamente, los autos conectados ya circulan por las ciudades como nodos de una red silenciosa. Entender cómo funcionan —y exigir transparencia— será clave para que la movilidad del futuro no se convierta en la próxima capa de vigilancia urbana.

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