Opinión
Juan María Traverso, el hombre que farmeó aura arriba y abajo del auto
Mucho antes de que las redes llamaran aura a esa combinación de carisma, respeto y presencia, el Flaco Juan María Traverso ya la acumulaba a fuerza de hazañas, desplantes y frases filosas. Lo hizo arriba y abajo del auto, hasta convertirse en un personaje que el automovilismo argentino todavía no pudo reemplazar.
- Juan María Traverso, el hombre que farmeó aura arriba y abajo del auto
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A 21 años del día que Traverso dijo basta: se puso el buzo para correr y tomó una decisión que sorprendió al automovilismo
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La última victoria de Traverso antes de su retiro: fue en el mismo lugar donde un año después dijo basta
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16 títulos y 148 victorias: los impresionantes números que explican la grandeza de Juan María Traverso
General Roca, 3 de abril de 1988. La Renault Fuego pierde aceite, larga humo y empieza a incendiarse. Faltan un par de vueltas y Silvio Oltra viene pegado, esperando que el motor diga basta. Juan María Traverso sigue. Maneja casi sin ver, contiene a su rival y cruza la meta primero. Después detiene el auto y sale de ese horno con la naturalidad de quien acaba de completar un trámite un poco más caluroso de lo previsto. Si en aquel momento hubiese existido un contador de aura, se habría quedado sin dígitos...
La expresión “farmear aura” viene de la cultura gamer y en los últimos días se volvió moneda corriente en las redes. “Farmear” es repetir acciones para acumular recursos, experiencia o puntos. El “aura”, trasladada al lenguaje digital, representa algo menos preciso: presencia, carisma, prestigio, actitud. Alguien farmea aura cuando hace algo que aumenta su cotización en ese mercado imaginario de la admiración.
La gracia —y también la trampa— es que el aura se pierde cuando se nota demasiado el esfuerzo por conseguirla. El que acomoda la cámara, ensaya el gesto y calcula la reacción ya empieza varios puntos abajo. Traverso jugaba otro campeonato. No intentaba parecer auténtico. Lo era, incluso cuando esa autenticidad resultaba incómoda, excesiva o directamente intratable.
El Flaco ganó 16 campeonatos: seis de Turismo Carretera, siete de TC 2000 y tres de Top Race. Fue campeón con Ford, Chevrolet, Renault, Peugeot, Mercedes-Benz y BMW. Corrió en Fórmula 2 Europea, rally y categorías de todo tipo. Esos números alcanzan para ubicarlo en la mesa grande del automovilismo argentino, pero no explican por completo lo que generaba.
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El aura no se mide por la cantidad de trofeos. Si así fuera, bastaría con ordenar una tabla. Traverso tenía otra cosa: la capacidad de convertir una carrera, una respuesta o incluso un silencio en un acontecimiento.
La victoria con la Fuego incendiada es el ejemplo perfecto porque reúne todo. Había destreza, riesgo, obstinación y una imagen imposible de fabricar. El auto se llamaba Fuego y terminó envuelto en llamas. Cualquier guionista habría descartado la escena por obvia. Traverso la hizo real y ganó por menos de un segundo.
Pero limitar su magnetismo a aquella tarde sería quedarse con el póster. Traverso farmeaba aura porque nunca parecía actuar para el público, aunque entendía como pocos el valor del espectáculo. Se peleaba, protestaba, ironizaba y decía barbaridades. A veces tenía razón. A veces no. Casi siempre dejaba una frase. Y después se subía al auto con la obligación de respaldar todo lo que había dicho abajo. Ahí estaba la diferencia.
Conviene no convertirlo en santo ahora que no está. Traverso podía ser áspero, injusto y brutal con las palabras. Algunos de sus exabruptos envejecieron peor que sus victorias y no hace falta celebrarlos para reconocer su dimensión. Confundir personalidad con maltrato sería una lectura bastante boba de su legado. Lo valioso no era el insulto. Era la ausencia de cálculo.
El Flaco no revisaba una encuesta antes de opinar ni buscaba caerle bien a todos los hinchas al mismo tiempo. Tomaba partido. Quería ganar él, no “el equipo”. Defendía sus intereses y aceptaba el costo. En un deporte construido sobre rivalidades, jamás tuvo la pretensión de resultar neutral.
Eso también explica por qué su figura atravesó marcas. Fue ídolo de Ford, después ganó con Chevrolet y mantuvo intacto el respeto. Dominó con Renault en el TC 2000 y volvió a ser campeón con Peugeot. La camiseta importaba, por supuesto, pero Traverso terminaba siendo más grande que la camiseta. La gente discutía por él incluso cuando corría con la marca “equivocada”.
Su retiro fue otra cosecha descomunal de puntos invisibles. El 7 de agosto de 2005 llegó a Olavarría para correr con un Torino. Estaba octavo en el campeonato, había clasificado bien y tenía posibilidades concretas. Se puso el buzo, se subió al auto, dio unas vueltas y decidió no largar la serie.
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No organizó una temporada de despedida, no pidió homenajes en cada circuito ni estiró su nombre para vender una última entrada. Descubrió que ya no quería correr y se fue. Hasta para abandonar el automovilismo le puso su impronta.
El automovilismo argentino sigue produciendo pilotos extraordinarios. Lo que le cuesta producir son figuras que escapen del habitáculo. No es únicamente responsabilidad de quienes manejan. El sistema cambió.
Hoy un piloto depende de patrocinadores que pueden bajarse por una frase, de estructuras con discursos controlados y de redes sociales que castigan cada error durante semanas. Antes de hablar debe pensar en el equipo, la categoría, la marca, los auspiciantes y el community manager. Cuando finalmente abre la boca, muchas veces ya no queda nada suyo en la respuesta.
Por eso se repiten los agradecimientos, el “hay que seguir trabajando”, el “teníamos buen ritmo” y el “vamos a pensar en la próxima”. Son declaraciones correctas. Tan correctas que se podrían cambiar de piloto sin que nadie lo notara.
Traverso habría durado quince minutos con un manual de comunicación corporativa. Al minuto dieciséis lo habría usado para prender el fuego del asado.
También cambió la relación con el misterio. Las redes muestran a los pilotos desayunando, entrenando, viajando y jugando a la PlayStation. Hay más acceso, pero no necesariamente más cercanía. La exposición permanente aplana. Para construir un ídolo no alcanza con publicar mucho; hace falta tener algo para decir y, sobre todo, algo para defender. El Flaco no necesitaba subir contenido. Era contenido.
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¿Cuánto necesitaría hoy el automovilismo argentino una figura así? Muchísimo. No para copiar sus insultos ni para reproducir una época que ya terminó. Tampoco para inventar un Traverso de laboratorio, con frases picantes preparadas por un productor de streaming. Eso sería farmear clips, no aura.
Necesita un piloto con autoridad deportiva, pensamiento propio y la voluntad de asumir riesgos también cuando se baja del auto. Alguien capaz de discutir con los dirigentes, marcar los problemas de una categoría, enfrentar a un rival y sostener la mirada. Alguien que pueda ser querido y cuestionado con la misma intensidad.
Los ídolos no nacen del consenso. Nacen de la emoción. Hacen que una parte del público los siga y que otra espere verlos perder. Llenan tribunas porque ofrecen una historia, no solamente una vuelta rápida. En una actividad cada vez más fragmentada, con calendarios abundantes y figuras escasas, una personalidad de ese tamaño ayudaría a devolverle conversación a las carreras.
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Traverso comprendía algo esencial: el automovilismo no es sólo técnica, estrategia y presupuesto. También es carácter. La gente puede admirar a un piloto por cómo frena, pero lo recuerda por lo que le hizo sentir.
Juan María Traverso fue el máximo farmador de aura del automovilismo argentino porque jamás salió a buscarla. Corrió, ganó, perdió, se enojó, exageró, dijo lo que pensaba y se retiró cuando dejó de tener ganas. Todo sin pedir permiso.
Las redes inventaron una expresión nueva para describir algo que el Flaco hacía desde hacía medio siglo. El problema es que, desde que se fue, nadie volvió a acumular tantos puntos como él.