Opinión
El hate contra Gasly también corre contra Colapinto
La pasión por Franco devolvió a miles de argentinos a la Fórmula 1 y sumó a muchos otros por primera vez. Pero las amenazas denunciadas por el francés muestran el costado más desagradable de ese fenómeno. Y la advertencia de Flavio Briatore obliga a dejar de mirar para otro lado.
Durante más de veinte años, los argentinos miramos la Fórmula 1 sin tener a uno de los nuestros en la grilla. Adoptamos pilotos ajenos, discutimos estrategias de equipos que quedaban a miles de kilómetros y hasta aprendimos a sufrir por banderas que no eran la nuestra. Ahora que por fin apareció Franco Colapinto, un piloto con talento, personalidad y argumentos para ganarse un lugar en ese mundo, resulta bastante absurdo que una parte de quienes dicen apoyarlo esté ayudando a convertir su nombre en otra cosa: no sólo en el del argentino que volvió a llevarnos a la F.1, sino también en el de un piloto rodeado por una minoría de fanáticos capaces de transformar cualquier contratiempo deportivo en una cacería personal.
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Esta vez el blanco fue Pierre Gasly. Su pecado fue bastante sencillo: ser compañero de Colapinto y estar delante suyo cuando Franco necesitaba pasar.
En las últimas vueltas del Gran Premio de España, el argentino venía séptimo, alcanzó a Gasly, que todavía debía detenerse y tenía neumáticos muy usados, mientras Oscar Piastri comenzaba a acercarse por detrás. Franco reclamó por radio. Alpine avisó al francés de la situación, pero no hubo una orden concreta de intercambiar posiciones. Gasly terminó entrando a boxes y Colapinto pudo conservar el séptimo puesto, aunque Piastri llegó a quedar a sólo dos décimas. Después de la carrera, los pilotos y el equipo revisaron lo ocurrido. Hasta ahí, Fórmula 1.
Podemos discutir si Alpine reaccionó tarde. Podemos decir que Gasly debería haber interpretado mejor lo que estaba pasando. Podemos preguntarnos por qué un equipo permite que un piloto que ya no pelea por esa posición complique durante unos segundos al compañero que está defendiendo puntos. Podemos incluso enojarnos. Forma parte del juego.

Lo que no forma parte de ningún juego es ir después a las redes sociales a amenazar de muerte a un piloto, a su pareja o a su familia. Gasly contó en Bakú que eso fue exactamente lo que ocurrió. Dijo que entiende la exposición que supone ser deportista de élite, pero calificó como “completamente inapropiado” que esa crítica termine alcanzando a sus familiares. Colapinto también rechazó los ataques y recordó algo que debería resultar obvio: son compañeros, trabajan para el mismo equipo y se llevan bien.
Entonces habló Flavio Briatore. Y cuando alguien que lleva décadas atravesando algunas de las internas más feroces que produjo la Fórmula 1 considera que la situación se está yendo de las manos, quizá convenga prestarle atención.
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Briatore fue muy claro con sus pilotos: Alpine tiene que pelear contra los demás, no generar una guerra entre sus propios corredores. Pero después apuntó directamente a los seguidores argentinos: “Si quieren apoyar a Franco, háganlo de manera respetuosa y leal”. Y agregó que, si la situación continúa, el equipo podría incluso dejar de dar entrevistas a la televisión argentina.
Ese debería ser el momento en el que se termine la discusión acerca de si el problema existe o no. Porque siempre aparece la defensa automática: “son pocos”, “no sabemos de dónde son”, “que muestren los mensajes”, “eso pasa con todos los pilotos”.
Seguramente son pocos. Afortunadamente. Y seguramente el odio en redes no es patrimonio argentino. Pero ninguna de esas dos cosas sirve demasiado. Si una minoría hace suficiente ruido como para que Gasly termine hablando públicamente de amenazas a su familia y Briatore amenace con modificar la relación de Alpine con los medios argentinos, entonces dejó de ser un asunto insignificante.

Quizás haya también algo de desconocimiento detrás de esa furia. Colapinto llevó a muchísima gente a la Fórmula 1. Otros llegaron algunos años antes gracias a Drive to Survive. Fantástico. Todo deporte necesita nuevas generaciones y nuevos espectadores. Nadie nació sabiendo qué significa un undercut, cuándo conviene hacer entrar un Safety Car o por qué un piloto puede pasar veinte vueltas insultando por radio al mismo ingeniero al que abrazará una hora después. Pero entrar a la Fórmula 1 también implica descubrir que no es una película de buenos y malos.
Los compañeros de equipo compiten entre ellos. Siempre fue así. Senna y Prost no necesitaban redes sociales para detestarse. Mansell y Piquet tampoco. Hamilton y Rosberg pasaron de amigos de la infancia a protagonizar una de las rivalidades más ásperas de los últimos tiempos. Y las órdenes de equipo existen prácticamente desde que alguien tuvo la idea de poner dos autos del mismo color en una carrera.
A veces benefician al piloto que uno quiere y parecen una decisión brillantísima. Cuando lo perjudican, de pronto descubrimos que son moralmente intolerables.
Es parte de ser hincha. Lo que debería distinguir al aficionado que entiende este deporte es saber dónde termina la bronca de domingo.
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Uno puede sostener que Alpine complicó innecesariamente a Colapinto en Madrid. Se puede pensar que Gasly tendría que haber leído la situación antes. También es razonable discutirlo. Pero Gasly no hizo nada que justifique una amenaza. Mucho menos su pareja. Mucho menos su familia.
Y acá aparece la parte incómoda. Durante bastante tiempo la comunidad que acompaña a Franco respondió a estos episodios tomando distancia: “Nosotros no somos esos”. Quizás ya no alcance.
Los que verdaderamente apoyan a Colapinto, los que conocen el automovilismo, los que saben perfectamente que el domingo siguiente Gasly puede ser indispensable para sacarle puntos a un rival de Alpine, tienen ahora una tarea mucho más concreta.
Cuando aparezca una amenaza, reportarla. Cuando alguien vaya a insultar a la familia de otro piloto, denunciarlo. Cuando una cuenta utilice la bandera argentina y el nombre de Franco como permiso para hostigar a alguien, bloquearla y dejarla sola.

No hace falta discutir durante tres horas con un desconocido que tiene un casco de Colapinto como avatar. Probablemente sea exactamente lo que está buscando.
Suena paradójico, pero quizá los mejores fanáticos de Franco tengan que convertirse en los verdugos digitales de sus peores fanáticos.
No para censurar críticas. No para convertir la Fórmula 1 en un monasterio. Este deporte vive también de la discusión, la polémica y la pasión. Si un equipo hace una estupidez, hay que decir que hizo una estupidez. Si un piloto corre mal, se puede decir que corrió mal.
Pero una amenaza no es una opinión particularmente vehemente. Es otra cosa. Y, sobre todo, empieza a tener consecuencias para el propio Colapinto. Eso es lo que algunos parecen no entender.
Franco llegó hasta acá manejando. No amenazando rivales, no construyendo enemigos imaginarios, no explicando conspiraciones. Se ganó su lugar con talento, velocidad y una personalidad que además generó algo que la Fórmula 1 llevaba muchísimo tiempo sin provocar en la Argentina.
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Volvieron las banderas. Volvieron las madrugones. Volvieron las discusiones familiares sobre neumáticos. Hay gente organizando viajes para verlo correr a miles de kilómetros. Chicos que probablemente jamás habían visto una largada ahora saben cuándo corre Alpine. Eso debería ser una fiesta.
Por eso es triste que, mientras Colapinto consigue que lo conozcan cada vez más por lo que hace dentro de un Fórmula 1, exista también una pequeña tropa empeñada en hacerse famosa por lo que escribe debajo de una foto.
Briatore ya avisó hasta dónde puede llegar esto. Sería una ironía difícil de superar: esperamos más de veinte años para volver a tener un argentino en la Fórmula 1 y algunos de los que aseguran defenderlo podrían conseguir que ese argentino termine hablando menos con nosotros.
No hace falta defender a Franco de todo. A veces, para defenderlo de verdad, hay que defenderlo de algunos de los que dicen ser sus propios fanáticos.
