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23/06/2008 | 12:45 | PV

EL AÑO DE LA COLORADITA

Por Pablo Vignone



El Campeonato Argentino de Turismo Carretera de 1966 merece un lugar único en la memoria del automovilismo local. Con una carrera más que en 1965, fue el más extenso de los sesenta y pico torneos que se llevan disputados desde 1939: entre el 20 de febrero y el 11 de diciembre se disputaron 36 competencias, incluida el Gran Premio por la Patagonia, que invitaron a las robustas cupecitas de entonces (más los primeros Falcon oficiales e, incluso, un Renault Gordini preparado por Oreste Berta) a recorrer un total de 22.285 kilómetros, tantos como media vuelta al mundo.
1966 albergó a la última victoria en TC de los Emiliozzi, en Colón; al triunfo postrero del Chevytú, en manos de Jorge Cupeiro, en San Antonio de Areco, o al de Carlos Menditeguy en Tres Arroyos; al primer triunfo de un Ford Falcon, con Nasif Estéfano en Mendoza; a la prueba inicial del TC en el óvalo asfaltado de Rafaela y a la última carrera de la Galera de Olavarría. Vio a 19 pilotos distintos cruzar victoriosos la meta, una notable muestra de incertidumbre asociada con la paridad.
Pero, por sobre todo, representó el cenáculo de un estilo de correr que se había corporizado en el TC de los '60, cuando el piloto-mecánico era vencido por la estirpe de los volantes de alcurnia, herederos de fortuna y apellido, que conocían los caminos de tanto desandarlos en sus propios campos cuando no hacían tertulia en el 05 de Paraná y Vicente López. Era el TC de los Bordeu, los Casá, los Alzaga, los Menditeguy, los Sauze, los Perkins, los Viale... los que no corrían con engrasados mamelucos sino con pantalón de hilo, camisa a cuadros, mocasines, guantes con las puntas recortadas y, única concesión a la seguridad, un casco.
Aquel de 1966, cerrado a la disputa entre Juan Manuel Bordeu y Eduardo Casá, entre la Coloradita de Chevrolet y el Tractor de Ford, se transformaría en su máxima expresión, y también en el último campeonato del TC tradicional de la cupecita y la tierra: el advenimiento de los Torino compactos en 1967 y el terrible accidente de la Vuelta de Balcarce de 1968 barrerían con la lógica de aquel TC tradicional.
Fue un año de entusiasta cabalgata por las rutas del país. El 2 de diciembre, el día en que se largaba el Gran Premio desde Mercedes (dos días después de haberse casado con la actriz Graciela Borges), Juan Manuel Bordeu había acumulado 87 puntos; Eduardo Casá tenía 75. Bordeu había corrido 20 carreras y ganado 9; Casá había disputado 23 pruebas, pero solo había triunfado en dos, aunque había llegado en 20 y en 18 terminó entre los cuatro primeros. Había siete posibilidades a una de que Bordeu le ganara el título a Casá. Había 4.187 kilómetros para dirimirlo.
A General Pico, cabecera de la primera etapa, llegó primero José Manzano; Bordeu entró octavo, Casá fue undécimo. A poco de salir rumbo a Zapala, casi 900 kilómetros hacia el Sur, el embrague de la Coloradita acusó fatiga, otra vez en La Pampa. Los auxilios tardaron una hora y 40 minutos en reparar el daño. A Zapala arribó 38º, y en la general se había colocado en el 24º puesto, mientras Casá estaba cuarto.
Esa noche, en la cena, Bordeu acordó que había que salir a fondo, abandonar las especulaciones, tratar de de amedrentar al rival a pura velocidad. Pero en la montaña, rumbo a Esquel, Casá acepta el desafío y le saca media hora más a su rival y, peor aún, ya está segundo en la general. El campeonato cambia de manos. Parece irremediable.
-Por la ley de la compensación, Casá tendría que parar... ?el que opinaba así era Juan Manuel Fangio, alineado con Bordeu.
El balcarceño hunde el pie en el acelerador aunque la lluvia caiga sobre Esquel. El agua no lo intimida. En cambio, un charco rebelde moja el magneto del Ford F-100 de Casá. Ese mismo auto que había corrido casi indestructible a lo largo del campeonato, parado por una simple mojadura. ¡Y le lleva dos horas volverlo a poner en marcha! ¡Fangio había acertado otra vez!
En Trelew, el panorama es otro. Casá y Bordeu son sexto y séptimo, separados por apenas 16 minutos, a más de dos horas del líder Pairetti.
Bordeu siente el campeonato en el bolsillo pero también la necesidad de estampar su propiedad: gana la etapa a Bahía Blanca, la misma en la que, al caer de un lomo de burro, el Tractor rompe el brazo de dirección y gracias a que un espectador cede el de su auto particular, consigue arribar 40 minutos retrasado. Ahora sí, la discusión está terminada. O casi: Bordeu se golpea la rodilla derecha empujando el coche para sacarlo del Parque Cerrado. Le duele tanto que camina renqueando.
-No sé si voy a poder frenar, Juan... Me va a doler ?se queja con Fangio.
-Un coche de carrera no necesita frenar- lo alienta el Chueco.
En esa última etapa, a Necochea, la Coloradita va ganando cuando se detiene definitivamente en Olavarría, como si los fierros hubieran querido protagonizar el simbólico gesto de reclamarle a los Emiliozzi la corona que le habían arrebatado. "¡Y ya lo ve!//¡y ya lo ve! ?cantaba la hinchada en Necochea- ¡Es el año Chevrolet!".
Después de un cuarto de siglo. El último campeón con Chevrolet había sido el mismo Fangio, en 1941...
"Juan Manuel Bordeu fue uno de los mejores pilotos que vi en mi vida ?lo recuerda Carlos Alberto Pairetti- Y si nos remitimos a aquella época en que compartíamos las pistas, fue el mejor de todos por varios cuerpos. Juan Manuel andaba rápido en la montaña, en la tierra, en el asfalto, en el barro, en ruta, en autódromos? Nunca lo vi sobre la nieve, pero seguro que se las hubiera arreglado para llevar bien el auto si le tocaba correr sobre esa superficie. Además, era muy inteligente y siempre sabía hasta dónde le daba el medio mecánico que tenía. No exigía de más ni el motor ni el chasis y eso es fundamental porque lo transformó en un piloto completo". Según el arrecifeño, "los dos corríamos con Chevrolet y siempre andábamos rueda a rueda porque nuestros autos eran muy parejos, pero yo sabía que si tenía que pelear un puesto con Juan Manuel no iba a tener problemas. Era un caballero".

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La Coloradita campeona de TC en 1966
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